Una #Boda Real - #MaryQueenOfScots

Revista Abanico Ed.10
Sección: El Bargueño
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Coronada reina de Escocia a los seis días de nacida, hija de Jacobo V y de María de Guisa, María Estuardo pasó a ser un símbolo para su país, amada por su pueblo y odiada por la reina Isabel I. Su cabeza rodó el 8 de febrero de 1587 pero su legado como reina mártir perdura a través del tiempo. Murió católica en una época en que el protestantismo se apoderaba de las islas británicas. Aquí la historia de su primer matrimonio, un evento acaecido hace 459 años.

La corte francesa, siguiendo la verdadera moda del Renacimiento, deseaba que sus principales figuras, nobles y reyes, deslumbren al mundo con toda pompa en la boda real, la boda entre el delfín de Francia, Francisco I y María Reina de los Escoceses. Este hito en la historia de Francia y Escocia estaba planificado para el domingo 24 de abril de 1558 en la catedral de Notre Dame.

Con más de un mes de anticipación, Enrique II rey de Francia, empezó a direccionar los preparativos. Lo primero fue movilizar al Parlamento y sus actividades al convento de los agustinos para así realizar las adecuaciones necesarias en el palacio donde se celebraría la gran fiesta. Segundo en la lista estaban las adecuaciones en la catedral de Notre Dame. El plan era embellecerla instalando una estructura especial a las afueras, a la manera antigua, para que luzca como un teatro al aire libre. Por
esta tarima/pasarela desfilarían todos los nobles e invitados importantes antes de entrar a la iglesia. La flor de lis real debía aparecer bellamente bordada por todas partes y sería el principal adorno del pabellón frente a la iglesia.

Jacobo V y su esposa María de Guisa
Fue así como transcurrieron los preparativos hasta llegar al gran día, día de fiesta en toda la nación. Todo estaba listo para recibir a los novios y sus invitados reales. Lo que primero llamó la atención a la muchedumbre fueron los guardias suizos todo engalanados que ingresaron a escena al sonido de tambores y flautas. Apareció luego Francisco, duque de Guisa, héroe de Francia y tío de la novia quien dirigiría todo el ceremonial de la boda en lugar del acostumbrado alguacil Montmorency, quien quedó cautivo en Bruselas luego de la derrota en San Quintín. El obispo de París, Eustache du Bellay, fue el tercero en llegar y fue gracias a él que el pueblo pudo disfrutar y no perderse nada de la magnífica ceremonia. Llegada la hora hizo su entrada una procesión de músicos, todos vestidos de amarillo y rojo con trompetas, sacabuches, flageolets, violines y otros instrumentos, alegrando así a los asistentes. Para esta hora del día, ya el ambiente era festivo y fue así que empezaron a llegar cientos de gentilhombres del rey y príncipes de sangre, vestidos con toda la formalidad que el evento ameritaba. Al poco tiempo arribaron abades y obispos portando lujosas cruces y mitras llenas de joyas, y posteriormente los príncipes de la Iglesia, vestidos más preciosamente todavía. Entre ellos se encontraba el cardenal de Borbón, Lorena y Guisa y también el cardenal legado de Francia (quien otorgó a los novios la dispensa papal necesaria para el matrimonio ya que eran primos) que entró precedido de con una cruz de oro fenomenal .

El novio fue el siguiente en llegar a la cita en Notre Dame. El rey-delfín Francisco camina con paso firme hacia la tarima seguido por Antonio, rey de Navarra y sus dos hermanos menores: Carlos, duque de Orleans y Enrique, duque de Angulema. La crema y nata de Francia estaba ya reunida para recibir a la figura más esperada del día: la novia. María, reina-delfina de 16 años de edad, llega a su boda precedida por Enrique II y su primo, el duque de Lorena. En este día, el primero de sus tres matrimonios, María Estuardo vestía un manto tan blanco como los lirios, tan suntuoso y rico que dejó a todos asombrados. El blanco era el color del luto para las reinas en Francia; al usarlo, María desafió todas las tradiciones. Durante su juventud siempre llevó el color blanco y cuando maduró siempre le gustó usar algo de este color en su cara o cuello; tal vez se percató que era el que mejor le quedaba y resaltaba su brillantez. Volviendo a su boda… la larga cola del vestido la llevaban dos niñas altas y elegantes, pero las miradas eran inequívocas, todas iban hacia ella. No sólo su belleza y porte llamaban la atención sino también el esplendor de sus joyas. Diamantes alrededor de su cuello y para complementar su look de reina, una majestuosa corona de oro incrustada con perlas, rubíes y zafiros que lucía espléndida sobre su cabeza.

 Armadura de parada de Enrique II

Como dictaba la etiqueta de la época, a la joven reina le seguía Catalina de Médici, madre del novio acompañada del príncipe de Condé, también la dama Margarita hermana del rey, la duquesa de Berry y otras princesas y damas vestidas al mejor estilo francés. La reina de Navarra asistió con su hijo de seis años de edad, el futuro Enrique IV, esta era la primera vez que el niño conocía la capital que luego sería suya. En un momento dado durante este ir y venir de invitados de la nobleza, el rey Enrique dio inicio al ritual con un sencillo gesto, se sacó uno de los anillos de su mano y le entregó al cardenal de Borbón, arzobispo de Ruan, quien desposó a la pareja en presencia del obispo de París. El arzobispo realizó luego una oración cargada de elegancia y algo científica.

Mientras el rito continuaba, el conde de Guisa junto a sus heraldos verificaban que ningún noble obstruya la vista de la gente que estaban en calles y ventanas presenciando la ceremonia. Cuando quedó satisfecho, los heraldos gritaron ¡Largesse, Largesse! (Generosidad, Generosidad!) y lanzaron piezas de oro y plata al pueblo, quienes vitorearon y se atropellaron para coger alguna de las monedas. Terminado este acto de generosidad hacia el pueblo, todo el séquito de nobles e invitados ingresó a la iglesia donde les dio la bienvenida un pendón real de gran dimensión y hermosas alfombras de oro.

En Notre Dame, fue el obispo de París quien inició la misa teniendo al rey Enrique y la reina Catalina a Armadura de parada de Enrique II un lado, y el rey delfín Francisco y la reina delfina al otro. Durante el ofertorio, una nueva cantidad de oro y plata fue distribuida afuera. Concluida la misa, el mismo desfile de nobles empezó a salir y el rey francés, calculador como era, no perdió oportunidad para dejarse ver por sus súbditos.

Como en toda boda, en seguida de la ceremonia los invitados pasaron al banquete, un banquete largo y esplendido, lleno de lujos y la elegancia que Francia quería demostrar al mundo entero. Solo un pequeño incidente opacó en algo el banquete, y tuvo como principal participe a la nueva reina. El peso de la corona hizo que su cuello no la soporte más, aquejándola con un dolor extremo hasta que el rey Enrique ordenó a un gentilhombre, M. de Saint-Sever caballero de San Crispín, que la retire y la sostenga. Nadie en ese momento entendió el simbolismo de este momento, el de poner una corona tan pesada en una cabeza tan joven. Otro percance lo sufrió el señor de Saint-Jean quién perdió uno de sus ojos en una justa, un accidente que no mermó la festividad y alegría del día. Durante el baile Enrique bailó con María y Francisco con su madre; el rey de Navarra con la princesa Isabel, el duque de Lorena con la princesa Claudia y así sucesivamente bajando en la escala real. El banquete fue solo el comienzo de los festejos. Cuando terminó alrededor de las cinco de la tarde, toda la corte se trasladó al palacio del Parlamento, los hombres a caballo y las mujeres en literas. Para deleitar todavía más al pueblo, los invitados viajaron por rutas diferentes, pero fue tan grande el número de curiosos que hacían difícil el paso. Algunos afortunados pudieron ver a la reina delfina en su litera de oro acompañada de Catalina, su suegra, y seguidas a caballo por el nuevo rey delfín junto a sus caballeros. Los imponentes animales iban adornados con terciopelo carmesí.


Un nuevo entretenimiento, preparado por el duque de Guisa como gran maestro de ceremonias, recibió a los invitados en el Palacio del Parlamento. Una nueva cena con baile pero mucho más elegante y suntuoso que el anterior empezó, entre bellas máscaras y un ambiente místico en el que participó toda la familia real. De repente ingresaron al salón doce caballos artificiales vestidos de oro y plata, los hermanos de Francisco, los hijos de De Guisa y Amaule y los otros príncipes montaron los caballos que jalaban unos carruajes donde ciertos personajes cantaban melodiosamente. Luego, seis buques entraron al salón, sus velas de plata parecían ser movidas por el viento y estos imitaban su movimiento en las olas del mar. Cada barco tenía espacio para dos pasajeros. Tras un paseo por el salón, los caballeros en el timón pedían a las damas de su elección que les acompañen. Una vez más la emotiva escena se guió más por la ceremonia de la corte que por el puro romance, manteniendo las jerarquías en todo momento.

Los festejos continuaron por varios días a pesar de que Francia estaba casi en la quiebra por las distintas guerras en territorio italiano. Enrique quiso que así sea para demostrar que su país tenía aun un gran poderío. La celebración se extendió hasta Escocia, la tierra de María. Desde el castillo de Edimburgo se disparó el cañón Mons Meg, cuyo proyectil llegó lejos, hasta Wardie Moor.


Bodas y personas responsables de su organización han existido siempre, sin ellas todo evento sería un
completo fracaso. Tan es así que un reino que estaba prácticamente en banca rota pudo organizar una
boda digna de reyes y reinas, una boda de cuentos de hada.


Texto basado en el libro, María Reina de los Escoceses de Antonia Fraser

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